Hace tiempo que tenía ganas de comenzar este blog. Tengo mucho para decir, y un programa de radio sale muy caro, así que acá estoy. Pensé mucho acerca de esta primera entrada… si tenía que presentarme o empezar así como así. Al fin decidí hacer una lista de todas aquellas cosas que me molestan. Terminó siendo una lista muy larga, de la tomé algo que particularmente viene llamándome la atención desde hace varios días.
Hoy todo el mundo es víctima de algo: el pasajero del chofer y el chofer del pasajero, el cliente del vendedor y el vendedor del cliente, el alumno del profesor y el profesor del alumno. Y sigo: inquilino y propietario, médico y paciente, jefe y empleado, padres e hijos. A veces no sólo hay dos partes, también puede haber tres: taxista, colectivero, peatón o jugador, técnico, presidente.
Todo el mundo quejándose de todo el mundo. Todo el mundo echándole la culpa al de enfrente, proclamándose como una víctima inocente. Entonces me pregunto, si todos somos víctimas, ¿dónde están los victimarios? ¿Somos tan cobardes como para no aceptar nuestra propia responsabilidad? ¿Qué nos pasa como sociedad que hemos perdido – si es que alguna vez la tuvimos – nuestra capacidad de autocrítica?
¿Por qué cuando manejamos la culpa la tiene el peatón, pero cuando cruzamos caminando la tiene el que maneja? Y eso no es nada. Si cruzamos en rojo y nos tocan bocina, enseguida poenmos cara de enojado y con el mejor de los tonos dejamos salir un incomprensible “¿qué te pasa, papá?” Claro que la cosa se invierte cuando nos ubicamos detrás del volante. Nos olvidamos del que va a pie, y al primero que cruza cuando tenemos luz verde lo queremos pasar por encima.
Y permítanme que ahora me desate un poco y empiece a usar esas palabras que no aparecen en el diccionario de nuestra querida academia.
Todos somos víctimas. Algún hijo de puta siempre nos quiere cagar. Es imposible ser felices porque como cada uno se cree el ombligo del mundo, piensa que los demás existen sólo para cagarles la vida. ¿Dónde están los victimarios? Afuera. Obvio. Nunca adentro. Siempre allá, en el otro. El otro es el sorete que cruzó mal y el pelotudo que se metió de contramano, el hijo de puta que no me aprobó cuando yo estudié y la basura que no estudia nunca y se copia, la rata que me controla y me caga a pedos cuando llego tarde al laburo y la mierda que se afana artículos de la oficina, el que siempre me paga vencido y el que nunca arregla el portero eléctrico.
Perdimos la capacidad – repito, si alguna vez la tuvimos – de ponernos en el lugar de otro. Todo tiene que hacerse según nuestro criterio, y si se hace según el criterio de otro, esta mal. En fin, la idea ya esta sobre la mesa. Saquen sus conclusiones. Nos vemos la próxima.